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jueves, 14 de febrero de 2013

La epidemia de la obediencia

Una de las preguntas más frecuentes que escucho después de contestar a qué me dedico es "¿Qué es eso de coach?" Este fin de semana, en un evento y rodeada de varias personas, alguien me volvió a hacer la misma pregunta, "Bueno, pero ¿qué hace realmente una coach?".

Leyendo los periódicos del día de varios países, tomo cada vez más conciencia de algo preocupante para nosotros como comunidad de humanos: estamos viviendo una verdadera epidemia de obediencia en nuestras organizaciones escolares, laborales, políticas, y sociales (esta última incluye a la familia). Y no me refiero tanto a la obediencia en cuanto a nuestras acciones externas, sino a la del movimiento interno, del pensamiento.

Para empezar, raramente fomentamos el libre desarrollo del pensamiento en nuestros niños y niñas, quienes asisten a la escuela a ser "instruidos" en el pensamiento ajeno. Y cuando se desmarcan de lo establecido (tanto en casa como fuera) les tachamos de irrespetuosos, rebeldes e impertinentes. Cuando, en mi trabajo con personas jóvenes pregunto "Pero, ¿y tú qué piensas?", me hablan con pensamiento prestado o se turban, hay una confusión inicial hasta que entre ambos generamos el entorno en el que puedan pensar por sí mismos con plena aceptación, y adquirir mayor claridad y conciencia de su situación. Esto les permite mejorar espontáneamente sus acciones y sus conductas, sin el estrés de atenerse a estrategias y pautas marcadas por mí como "agente-externo-sabelotodo". ¿Qué mejor legado que confiar en la Sabiduría Interna e Innata de nuestras personas jóvenes?

Más adelante, en nuestro quehacer profesional, sucede algo similar. Aunque me las he encontrado, son pocas las organizaciones que fomentan la aportación de ideas por parte de sus "recursos" humanos. Hay organizaciones que incluso sabotean el pensamiento individual, ignorando ideas geniales que permitirían el progreso, la transformación y el avance de las mismas, por el mero hecho de ser un pensamiento individual que no surgió de la punta superior de una pirámide. En un curso de formación reciente que di a un grupo de gestores, uno de ellos preguntaba, con profundo acierto, "¿Por qué nosotros aprendemos de nuestros líderes, pero ellos no quieren aprender de nosotros?" Estos gestores tenían claves importantes para el cambio en su organización, claves para transformar una situación de crisis en una situación de progreso y de evolución positiva pero, claro, pensar por sí mismos era un acto de transgresión hacia la cúpula.


Y así sucesivamente, no importa el entorno. ¡Cuantás veces he escuchado a mis clientes decir "Es que mi jefe me dice que...", "Es que mi psicóloga me dice que ...", "Es que mi pareja me dice ..." Y yo pregunto "¿Y tú, qué piensas?" Porque, por muy buenas intenciones que tengamos, por muy decididas nuestras acciones, por muy arriesgados los pasos que demos, estos sólo serán tan buenos como la calidad del pensamiento que los preceda. Para mejorar la calidad de nuestras acciones y de nuestros resultados, necesitamos optimizar nuestra capacidad de pensar.

Pensar por nosotros mismos es un acto infrecuente, por mucho que creamos lo contrario, y eso que es precisamente del pensamiento atípico de donde viene todo progreso. La crisis a la que nos enfrentamos hoy no es realmente una crisis política o financiera, es una crisis de pensamiento, de obediencia a  un pensamiento ajeno que dice que lo correcto es pensar y hacer como la mayoría, que lo correcto es tener tu propia casa e hipotecarte hasta los huesos, cuando estarías más libre viviendo de alquiler, que lo correcto es tener un trabajo por cuenta ajena o unirte a las filas del funcionariado, cuando tú tienes un ingenio especial e ideas ingeniosas que, puestas al servicio de otras personas, te permitirían desarrollarte como profesional libre y autónomo y por fin disfrutar de tu quehacer profesional, que lo correcto es tener tu propio coche, cuando podrías perfectamente disfrutar del transporte poúblico y alquilar un coche cuando verdaderamente lo necesitaras, que lo correcto es medicar a tu hijo o hija por hiperactividad, cuando lo que necesitan es otro tipo de atención familiar y escolar... y así sucesivamente.

Finalmente respondí a la pregunta. "Ayudo a personas en sus diferentes entornos a pensar por sí mismas", dije. Y ese es mi cometido como miembro de la comunidad humana. Invierto pirámides, para que el ápice de autoridad resida en la persona que tengo delante, para que el miedo deje de restringir su capacidad innata para pensar por sí misma, y para que genere respuestas a sus problemas que surjan de su Sabiduría Interna. En esta sociedad, mayoritariamente obediente y servil, es hora de confiar en nuestra infinita capacidad de generar nuestro propio pensamiento.

Gracias por tu Compañía.

Y mucha Luz en tu Camino.

viernes, 30 de diciembre de 2011

A los héroes y heroínas del 2012

Prácticamente todos los días, desde la aparición de la web en mi vida, recibo un sinfín de correos, powerpoints, películas y artículos sobre grandes héroes y heroínas, personas que han realizado acciones descomunales, que han creado imperios y emporios, que han salvado parte de la humanidad o que han creado corrientes y artefactos que impactan en nuestras rutinas diarias. Héroes y heroínas merecedores de nuestra admiración, claro, pero inasequibles, desconocidos y lejanos. Seres bidimensionales que apreciamos en imágenes, ya sean quietas o en movimiento.

Desde tiempos remotos, a los seres humanos nos han encantado los héroes y heroínas, esos personajes que hacen lo difícil o imposible y que nos inspiran a hacer lo mismo. Quizás también representan para nosotros el anhelo secreto a ser rescatados de nuestras dificultades por una fuerza mayor, sin tener que arriesgarnos a perder nada, pues “ellos” no sólo saben lo que hacer, sino cómo hacerlo también. Pero es precisamente esta esperanza casi ciega en las acciones de alguien fuera de mí que tiene las respuestas, lo que nos ha conducido a esta crisis mundial que estamos experimentando.

Estas navidades viajé a pasar unos días en compañía de mi familia británica. Entre preparativos, visitas, juegos y celebraciones, los días transcurrieron en una especie de trajín armónico, con diversos trasfondos de conversaciones serias y otras más cómicas y superficiales. Participando activamente en estas interacciones con miembros de la familia y algún amigo o amiga que se sumó a las celebraciones, pude constatar una vez más cómo en este grupo de personas se manifiestan un sinfín de virtudes, cualidades y destrezas (sombras también, claro) que me sirven de referente, especialmente para áreas o tendencias de mi vida en los que necesito más refuerzo.

El desprendimiento y la generosidad  de una (que por cierto hay que tener cuidado con lo que le dices, pues si le dices “¡qué bonita falda llevas!”, se la quita y te la da - ¡verídico!), la tolerancia de otro, la ecuanimidad de la otra, la intuición de aquella, la capacidad organizadora y de liderazgo de esta, la entrega y lealtad de aquel, todo ello en un reducido espacio familiar, y contenido en personas con cara, nombre, e historias de vida, algunas de ellas espeluznantes e inspiradoras, de forma que no necesito ir a internet para encontrar héroes y heroinas cercanos que me inspiren, porque están al alcance de mi mano, de mi vista y, por encima de todo, de mi corazón.

Fue durante esta estancia que decidí subir al desván, donde están almacenados algunos de nuestros “tesoros” personales (fotos, libros, cartas) y donde encontré un libro de poemas por el poeta americano William Stafford. Hojeando el libro, en medio del desván, mi vista se posó sobre un breve poema titulado “Allegiances” (“Lealtades”) cuyo pimer verso, traducido, dice: “Es hora de que todos los héroes se vayan a casa”.

Sentada en la penumbra, entre cajas y paquetes y con un frío que pelaba (es la única zona de la casa que carece de calefacción), volví a pensar, agradecida y enternecida, en las personas de carne y hueso de mi entorno personal y profesional que me han brindado inspiración, apoyo, amistad, solidaridad, consuelo, alegría, e incluso bienes materiales, que me han abierto caminos y que abren caminos que otras personas ajenas a ellos transitarán…

Y también pensé en esas personas en las que ponemos nuestras esperanzas, a las que dotamos de responsabilidad y poder para que resuelvan los problemas que hemos creado entre todos y todas, los que tienen una visión de futuro a menudo excluyente, en lugar de integradora, y releí el verso: “Es hora de que todos los héroes se vayan a casa”.

Porque esta crisis que nos aflige de cerca y de lejos, y de la que nos quejamos a diario, abre las puertas a una nueva especie de héroe que no son ni nuestros políticos, ni nuestros dirigentes ni, por muy admirados, nuestros líderes espirituales. Esta nueva estirpe de héroe y heroína está aquí ahora mismo, escribiendo y leyendo estas líneas. Son los héroes y heroínas que necesitan salir de sus casas. Somos tú y yo.

Mi visión para el 2012, y me arriesgo a compartirla, es crear comunidad. Creo que estamos llamados a solidarizarnos. La solidaridad, la visión comunitaria, el anhelo de pertenencia hicieron caer los muros de piedra en la década de los ochenta, y lo están haciendo de nuevo con los muros virtuales de nuestra visión limitada y limitadora (el 15M es un ejemplo de ello), creando nuevas tendencias, nuevas economías sostenibles y nuevas formas de trabajar y de expresar nuestros talentos. De hecho ¡ya está ocurriendo! En mi propio entorno veo personas que están creando nuevas ocupaciones (que aún no tienen nombres formales), clientes y amigos que abandonan (¡sí!, has leído bien) trabajos "seguros" y bien remunerados para manifestar la expresión de su Alma, como decía una cliente.

¿Y cómo contribuir a la transformación comunitaria? Potenciando las relaciones. Todo lo que existe en nuestro planeta, por no decir el universo, existe por la interacción de dos o más seres u organismos. Todo está en relación. Tú y yo nos necesitamos, somos interdependientes. Y a la vez estamos interconectados con otros seres vivientes. Potenciemos nuestra mutua presencia, nuestras experiencias, nuestras virtudes y nuestros talentos. Debatamos de manera ética en mesas redondas cómo podemos transformar esta situación, aprendiendo de ella, y actuemos en conjunto. Creemos un nuevo tipo de liderazgo resiliente basado en la colaboración, potenciando así lo mejor de nosotros y de nuestros entornos. Aunque no veamos el resultado inmediato, las generaciones venideras se beneficiarán de nuestras acciones. ¡Feliz 2012!
 

sábado, 2 de abril de 2011

Coaching transformador para las crisis


La crisis. Una de las palabras que escucho con más frecuencia en mi práctica de coaching. Crisis personal, crisis de pareja, crisis económica, crisis adolescente, crisis emocional, crisis en el trabajo, crisis social, crisis de identidad, clientes en crisis. Bastante repetido es el pictograma chino de la palabra crisis, con sus significados combinados de peligro y oportunidad. Pero, en nuestro idioma, ¿de dónde procede la palabra crisis? El año pasado un compañero consultor me pidió que le sustituyera un día en un curso que estaba dando sobre la crisis. Entré en crisis rápidamente: “¿Cómo voy a hablar de crisis? ¡Yo no soy economista!”, pensé, aterrorizada. Pero la insensata parte de mí, a la que le gustan los retos, contestó rauda, veloz y antes de que el miedo fulminante apareciera en escena: “¡Claro, sin problema!”

Con el corazón latiéndome a mil, la boca seca y aplicándome todos esos recursos de relajación que llevo en mi caja de herramientas para la vida, me lancé a prepararme la clase. Y lo primero que hice fue indagar la etimología de la palabra crisis, y esto es lo que aprendí:

Proviene del griego κρίσις (krísis) que a su vez viene de κρίνω (kríno), que significa, entre otras cosas, seleccionar, separar, enjuiciar o decidir. De ella evolucionó la palabra “crítica” que tiene que ver con hacer un análisis o una evaluación de una situación. Pero la acepción más interesante que encontré, utilizada en una frase por el mismo Hipócrates, y de uso corriente en la Grecia clásica, es la de crisis como “punto de inflexión en una enfermedad, que luego será determinante de si la persona vive o muere.” ¡Fascinante!

Cuando un/una cliente decide comenzar un proceso de coaching, suele encontrarse precisamente en un punto de inflexión. Algo en su vida está en crisis, y la persona sabe que algo debe transformarse para recuperar la armonía. Lo interesante de las crisis, a las que yo prefiero llamar “etapas de transición” (sólo porque genera en mí mayor sensación de confianza y bienestar), es que uno no está ni al principio ni al final de algo, sino más bien en tierra de nadie. Es como si la persona hubiese atravesado un umbral hacia un mundo desconocido, donde llega con las reglas, usos y costumbres del mundo al que estaba acostumbrada, y se empeña en utilizar esas reglas, usos y costumbres en este nuevo mundo porque es lo que conoce y es con lo que está familiarizada. Pero la crisis, etapa de transición, o ese "mundo desconocido" no necesariamente comparten esas reglas. Y sí, ese “pequeño” vacío donde lo antiguo ya no sirve y lo nuevo es ajeno, puede ser aterrador. La impredecibilidad nos conecta con nuestra propia vulnerabilidad.

Encontrarnos sin trabajo, después de estar toda una vida prestando nuestros talentos al servicio de otros, encontrarnos sin la pareja que creíamos tener de por vida, encontrar que la llegada de un hijo ha cambiado una forma de vida cómoda y familiar por otra familiar, pero no tan cómoda ni conocida, encontrar que los clientes que antes pagaban con asiduidad ya no pueden pagarnos, encontrar que ya no encajo en mis entornos ni entre mis amigos y amigas habituales, todo ello, y más, son manifestaciones del encuentro con esa nueva realidad, con ese "pequeño" vacío, donde los parámetros han cambiado. Y esto realmente es lo normal. Lo que pasa es que los seres humanos convertimos en normal el “no-cambio”. Y aquí es donde radica el punto de inflexión.

Entonces, ante esta oportunidad que me permite, según la etimología,  separarme de lo anterior, seleccionar y tomar decisiones acerca de la nueva realidad que contribuiré a crear ahora con las acciones que decida tomar, ¿qué decido? La psicóloga y escritora Gill Edwards decía que "Puedes tener lo que quieres, o tus excusas para no tenerlo" ("You can have what you want, or your excuses for not having it").

Las opciones son infinitas, pero consideremos dos de ellas, por abreviar. La primera está en adoptar la mirada de víctima. Y está puede ser deliciosamente reconfortante durante un breve período de tiempo, y es posible que hasta sea necesario lamerme las heridas y mostrarlas a los demás para recibir el apoyo que necesito en esa primera etapa de desorientación y shock. El peligro está en convertir la crisis (cualquiera de ellas: Crisis o crisis) en mi tarjeta de visita de víctima. Recuerdo un grupo de trabajo personal, de los años ochenta en Londres, cuyos integrantes tenían la cruel (pero a veces hilarante) consigna de decirse entre sí “Victim story!” cuando alguien se afincaba en su historia de dolor y pena, y se negaba a salir de ella. Y es que las historias de víctima (las “victim stories!”) nos hacen sentirnos especiales, diferentes, nos ponen en el lado de la razón y despiertan la simpatía y la indignación de nuestros escuchantes. Una parte de nuestra cultura (y si no observen atentamente determinados canales de televisión) está edificada sobre los cimientos del victimismo. Y repito: es una opción. Y planteo: ¿cuáles son sus consecuencias a largo plazo?

Cuando invertimos demasiada energía en esta opción, mermamos la energía disponible para las otras opciones. Es como estar aferrados al umbral, ante las posibilidades infinitas de ese nuevo mundo, gritando “¡Estoy obligada a estar aquíííí!” Cuando las únicas manos que se aferran a lo antiguo son las mías, y mientras estoy aferrada al umbral, me niego la posibilidad de adentrarme en el nuevo mundo para explorar sus posibilidades.

¿Estás en crisis? He aquí la otra opción. Suelta. Adéntrate en ese nuevo mundo de posibilidades. Date permiso para no tener todas las respuestas de inmediato. Puede que algunos de tus recursos te sean útiles, pero lo cierto es que necesitarás recombinarlos o desarrollar algunos nuevos. Date permiso para equivocarte por el camino, para explorar, para pedir ayuda. Sí, es aterrador, es nuevo, es desconocido, tendrás que agudizar los sentidos, reeducarte, volver a aprender y aprehender, e ir creando nuevas reglas, y habituarte a él…hasta la próxima crisis.

En aquella clase de dos horas que finalmente di, no sin cierta zozobra, una de las participantes hablaba de su manera de experimentar la crisis como una fuerza creativa en la que la adversidad le había permitido manifestar sus talentos ocultos y crear un nuevo camino en su vida. Es como ir por un solitario camino, en una noche fría y cerrada,  y encontrar que un enorme tronco de madera te bloquea el paso, y no ves la forma de atravesarlo. Puedes lamentarte, maldecir el tronco, enfadarte, frustrarte, y no hay nada de malo en ello… sólo que… ¿y si enfocas tu energía en crear nuevas posibilidades? Si tuvieras unos fósforos o un mechero a tu alcance... ¿y prendieras fuego al tronco? Podrías disfrutar del calor que te da. Y también de la luz. Como dice el coach Steve Chandler, utiliza el problema para encender tu fuego interior, consúmelo y conviértelo en energía. Y ello cambiará las historias que te cuentas.

Mucha Luz en tu camino. Y gracias por tu compañía.